Primeras fundaciones en Chile y Perú: los comienzos de una fuente que brota
El 13 de mayo de 1834, seis religiosos de los Sagrados Corazones desembarcaron en Valparaíso, Chile. Traían consigo la sencillez de los primeros discípulos y la audacia del Evangelio. El P. Juan Crisóstomo Liausu sscc, junto al P. Francisco de Asís Caret sscc, P. Honorato Laval sscc y el Hermano Columbano Murphy sscc, dieron inicio a una obra que marcaría profundamente la historia educativa y espiritual del país. Tres años después, en 1837, se abría el primer colegio de los Sagrados Corazones en Valparaíso, donde la fe y el conocimiento se unían como camino de humanización.
Poco después, la llegada de la madre Cléonisse Cormier sscc y las primeras religiosas selló con ternura femenina la misión en Chile. Su vida fue un testimonio luminoso de entrega: «Nunca se había visto religiosas atravesar los mares para enseñar a la juventud», escribió en su diario. Años más tarde, en 1848, la madre Cléonisse llevó esa misma llama al Perú, fundando en Lima la Escuela Gratuita y el Colegio Belén. Cuando las autoridades exigieron cerrar el colegio, su respuesta resonó con la firmeza de la fe: «No cerraré el colegio sino cuando cierre la última tienda extranjera». Su valentía marcó el espíritu de la Congregación en estas tierras: un amor que no se rinde, una fe que se encarna en la educación y la promoción de la mujer.
La presencia de los hermanos al Perú llegó más tarde, pero con igual ardor misionero. En 1885 fundaron su primera comunidad en Lima, restaurando la iglesia de Santa María Magdalena antigua de los dominicos y, tiempo después, el Colegio de los Sagrados Corazones La Recoleta, donde el P. Jorge Dintilhac sscc impulsó la creación de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Desde entonces, los Sagrados Corazones acompañaron la vida del país con escuelas, parroquias y misiones, como la de Ayaviri, donde Mons. Luciano Metzinger sscc, Mons. Luis Dalle sscc y muchos religiosos y religiosas de la Congregación llevaron la luz del Evangelio a los pueblos andinos empobrecidos y violentados. Allí, estos misioneros, se hicieron cercanos al dolor humano, devolviendo esperanza y dignidad a quienes más lo necesitaban.
Expansión en Ecuador y Bolivia
En Ecuador, la misión comenzó en 1862 con capellanes enviados desde Valparaíso, quienes acompañaban a las Hermanas en su obra educativa y pastoral. Sin embargo, las convulsiones políticas obligaron a los religiosos a retirarse en 1905. Décadas después, en 1948, los padres Luis Charles Albisser sscc y Albert Goovaerts sscc regresaron a Quito, reavivando la presencia de la Congregación. La iglesia de Nuestra Señora de la Paz, cuya primera piedra se colocó en 1949, se convirtió en signo de reconciliación y fraternidad en medio de los conflictos. Desde entonces, parroquias, colegios y comunidades han seguido siendo oasis de fe y esperanza para el pueblo ecuatoriano, en donde los religiosos y religiosas asumen el compromiso de acompañar y formar en la fe a las personas de las periferias.
El mismo espíritu que llevó a los primeros misioneros a cruzar los mares, condujo a otros a escalar montañas y atravesar cordilleras. En 1883, las Hermanas de los Sagrados Corazones llegaron a La Paz, Bolivia, acogiendo la invitación del Arzobispo Mons. Calixto Clavijo. Fundaron un colegio donde la educación se convirtió en semilla de liberación, especialmente para las mujeres campesinas y marginadas. Allí, la ternura del Corazón de Jesús se hizo compromiso social, promoviendo la dignidad de cada persona y enseñando que amar a Dios implica también amar al pueblo. En estas tierras de altura y silencio, los Sagrados Corazones aprendieron a escuchar el clamor de los pueblos y a responder con la cercanía de Dios.
Nuevos horizontes: México, Colombia, Paraguay y Brasil
El siglo XX abrió nuevos caminos para la Congregación en el continente. En México, tierra de mártires y de fe profunda, los hermanos llegaron en 1909, asumiendo la dirección pastoral de la Iglesia de Loreto. En medio de persecuciones y exilios, perseveraron con el coraje de quienes confían en el amor de Dios. Décadas más tarde, en 1986, las Hermanas ecuatorianas Concepción Clavijo sscc y Lida Romero sscc, fundaron una comunidad en Ciudad de México. De ese impulso nació la Casa del Migrante El Samaritano (2012), donde los Sagrados Corazones acogen, alimentan y acompañan a quienes huyen de la violencia y la pobreza. Allí, el Corazón de Jesús sigue latiendo entre los rostros cansados de los caminantes.
En Colombia, la misión floreció a partir de 1945 con la llegada de cinco Hermanas, procedentes de Ecuador, que se dedicaron a la educación en Pereira. Los religiosos llegaron en 1962, asumiendo parroquias y formando nuevas vocaciones. En cada ciudad Bogotá, Medellín, Cali, Cartago , los Sagrados Corazones se convirtieron en signo de comunión, educando, sirviendo y orando junto al pueblo Colombiano.
En Brasil, el testimonio del Beato Eustaquio van Lieshout sscc brilla como una estrella. Llegado en 1925, junto a otros misioneros de la Congregación, su vida fue una entrega silenciosa y total. En Poá y Minas Gerais, atendió a enfermos y pobres, dejando una huella de bondad y santidad. Su beatificación en 2002 fue el reconocimiento de una vida consagrada al amor. Las Hermanas llegaron en 1965 y continuaron su obra educativa y pastoral, creando jardines para niños pobres y promoviendo comunidades solidarias, extendiéndose por gran parte de Brasil, anunciando el amor misericordioso de Dios.
En Paraguay, la semilla se plantó en 1965 con la llegada de tres religiosas españolas. Desde entonces, su labor educativa y pastoral ha crecido, fundando el Centro Educacional Sagrados Corazones y extendiendo la presencia de la Congregación en diversas ciudades. Los hermanos llegaron en 1966, asumieron parroquias y comunidades, transmitiendo el mensaje de que todo ser humano es hijo amado de Dios y portador de esperanza.
Una misión que sigue dando de beber
A lo largo de casi dos siglos, los Sagrados Corazones han escrito una historia de amor en el corazón de América Latina. Colegios, parroquias, casas de acogida y obras sociales han sido fuentes donde generaciones han bebido del Evangelio. Pero más allá de las obras, lo esencial ha sido siempre el testimonio: contemplar, vivir y anunciar el amor de Dios que se revela en los Corazones de Jesús y de María.
Como dice Dilexit Nos, el Señor «invita a todos los sedientos a beber gratuitamente del agua de la salvación». En esa invitación, la Congregación continúa su camino: llevando esperanza donde hay dolor, ternura donde hay soledad y fe donde el mundo tiene sed de Dios.
La historia de los Sagrados Corazones en América Latina no es solo memoria del pasado, sino una fuente viva que sigue brotando, ofreciendo al mundo un amor que da de beber.












































